lunes, 10 de agosto de 2009

EN LA NOCHE

Hoy estoy aquí, mostrándote todo con mi voz,
presintiendo el final.
Argumentas que las nubes ya pasaron
y no puedo darte la razón.
Sigo aquí, de frente a ti, con el alma desnuda
asimilando lo que sucede,
intentando borrar cien mil recuerdos
que se agolpan, que me hieren.
No puedo dejar de llorar,
despertaste en mí ese sentido,
despertaste en mí la ausencia de mis hijos,
la presencia del padre, los dejos de los míos…
estoy aquí porque no puedo estar en otro lado,
porque aunque intento cortar las distancias,
cada día estás más lejos,
más lejos de mis evocaciones y repasos.
Estoy cada vez más sola, más triste,
más yo, más entregada a la omisión y a la apatía.
Camino entre sombras y busco una sola huella de ti,
de tu paso por mi vida,
comienzo a dudar de tu existencia;
tú, ángel de fuego y de tormenta,
colmado de ires y venires,
de pasos agigantados, de caminos agrietados,
limitando tu existencia a la penumbra.
Sigo aquí porque la fe mueve montañas
y mi fe sólo ha movido un cordón,
el cordón que ata nuestras vidas.
Siempre ha sido así; perpretabas tu silencio,
ataviado en mis recuerdos como un santo
mientras en mis labios solamente se invocaba una súplica:
verte, sólo eso pedía, sin importar las condiciones,
los olvidos, los descuidados olvidos de tu mente.
Sigue sin llover, el cielo espera tu llegada
y mi alma te espera devastada.

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